Tengo la peor letra del
mundo. Se rompió la caligrafía redonda y pura, controlada, hipercorrecta, de mi
infancia amaestrada. Amaestrada mi letra, amaestrado mi espíritu, amaestrados
mis trazos católicos, pasé años escribiendo igual, bajo el amparo de la Virgen
nunca fornicada, como si me observara vigilante mi madre, como si el profesor
de tercer año de primaria me observara, detrás de su abundante y bíblica barba,
escribía yo antes con una letra vigilada, perfecta, cuadriculada, castigada, y
enmarcada en las fronteras del papel de mi educación cartesiana, afrancesada,
agringada, mexicana a latigazos de la devoción mariana, esperando llenar yo las
hojas de mi cuaderno de contenido, para que mi mano infantil produjera la nota
perfecta,. Hasta que un día – un día las prisas se perdieron mis trazos. Probé
el tabaco y el alcohol, y más adelante aprendí a reírme con más fuerza bajo los
efectos de la mariguana y conciertos de rock, aprendí a salir y caminar por las
calles solitarias de noche, aprendí a no enamorarme más allá de dos semanas. Junto
a mis amigos, que también habían devastado su caligrafía, aprendí a besar muchas
bocas, aprendí a temblar de miedo en el consultorio del médico, esperando el
resultado del último test. Rompí mi caligrafía perfecta, y el fruto maduro cayó
de los árboles, el fruto maduro llenó de su perfume la noche, y el hueso del
fruto maduro dio otro árbol. La noche me expulsó en un empacar de maletas, y me
fui, muy lejos, a un lugar donde nunca pude mi forma de pronunciar la R, pero donde volví a escribir nuevamente,
donde encontré nuevamente mi letra, mi caligrafía, escondida en las neuronas de
mi pasado.
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