Los ví en la calle que todos los gays frecuentan. En el café más
concurrido. Café Rico, Rudolfplatz, Colonia, centro. Uno más joven que
el otro. Otro más viejo que el uno. Turistas, ambos, quizás su primera
vez en Europa ¿viaje de aniversario, quizás? Prueban la suerte de la
vida gay abierta en el “Primer Mundo”, la tierra de las promesas, de los
ensueños de revista, de serie de televisión, píldora de la guía de
viajes. Seguramente muchos años de estar juntos, de una relación
disimulada, en algún país de Latinoamérica. Uno bebía de su café tímido.
Otro no se atrevía a probar el pastel. Tan nerviosos eran sus gestos,
tan irregular su forma de hablar, comprimida en complejos fáciles de
ver. Complejo por no ser tan sexy. Complejo por la juventud perdida.
Complejo por tantos años de clóset. Confundidos por no encajar en ese mundo extranjero, blanco y perfumado. Tan tímidos, con años a cuestas,
10, 15, 20, 30 años de pareja. Parecen dos esclavos contemplativos, en
un rincón del café, escondidos para observar, sin ser observados. Se
olvidan que aquí nadie los conoce. Se olvidan que aquí apenas son
notados, que nadie sabe su nombre, que nadie se los va a preguntar. Se olvidan que son libres.
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